• H.·. Edgar Burgos

El Último Estandarte

‘Solo estamos asustados cuando no nos sentimos en armonía con nosotros mismos’ Herman Hesse

En muchos de nosotros o en quienes nos rodean con mayor o menor proximidad existen yugos, cargas, lazos invisibles que estrechan hasta asfixiar. Esto es algo inherente al ser humano. Todas y cada una de las personas que conoces, incluyéndote a ti mismo, estamos sujetas en mayor o menor grado a nuestras experiencias vitales. El problema viene cuando uno no es capaz de zafarse de sus demonios, o como diría la escritora y querida amiga Liliana Vélez en su libro ‘La libertad de las almas perdidas’ nos acechan los ‘Orgones’. Así los definía ella. Hablo de vampiros energéticos, de personalidades tóxicas, que a veces son capaces de convertir en poco más que ceniza, fango y confusión todo cuanto tocan, incluida, como no, a la gente noble y de buen corazón. Cuando nos vemos afectados por esta vorágine infecta del mal ajeno sobre nosotros, bien sea de manera directa o indirecta. Es cuando se desata el averno de la incertidumbre.

Fluyen los sentimientos de tristeza, de decepción, de desesperanza… En definitiva; la debacle psicológica de la persona íntegra, causada por factores externos que de alguna manera minan nuestra entereza. Es en esos momentos cuando conectando con lo más puro y luminoso de nuestro ser, debemos desplegar nuestras alas para echar el vuelo y romper con todo, reforzándonos en nuestros principios y erradicando por completo nuestros miedos. Tenemos que vernos como si fuéramos un potente haz de luz en medio de una gran tormenta marina. Este, es el trabajo del Maestro: Ir de la oscuridad a la luz. Hacer de las rocas desperdigadas una construcción sólida y firme. Esta labor es algo que hacemos solos. Nosotros mismos acudimos a nuestro propio rescate. Somos el último estandarte, el tenue pero inconfundible brillo del mástil de una bandera a la luz de la luna tras un día entero en un campo de batalla arrasado, el pabellón victorioso que se yergue y ondea al viento, San Jorge ensartando a la bestia. La noble espada en la mano de la verdad que acaba con la farsa, la mentira y el engaño. Estar sólo ante la adversidad. Ese es el sino de un Maestro. Y lo que debe distinguirle sobre todas las cosas es su entereza y el saber salir airoso de los conflictos y ciénagas mentales que puedan afectar a su equilibrio como individuo. Más allá de cualquier conjetura sobre la Fraternidad o palabra dicha sobre el auxilio a un Hermano en desgracia que se puedan prometer dentro de un taller masónico, existe un mundo profano que en ocasiones embiste con la fuerza de un ciclón. Es el mundo del que venimos y al que pertenecemos. Un lugar que está infestado de malas artes, trileros, óbices y trampas. Siempre hay trampas… Tenemos que ir más allá que los demás en este asunto, debemos esforzarnos en identificar las formas camaleónicas capaces de apoderarse hasta el tuétano de lo más profundo de las personas ensuciando incluso lo que pareciera obra de un poder superior que de vez en cuando te sonríe. Nadie está libre de esto. El mal adopta muchas formas: rostros, olores, sabores, palabras... Idealizar un mundo en donde todos son como nos gustaría que fuesen es un error muy grande para un Maestro. Forma parte del caminar masónico hacia la Virtud reconocer al áspid. El corregir actitudes de buenismo es característica importante del auto adiestramiento que se espera de nosotros y por eso somos dignos de ser llamados masones. Es sencillo condenar lo que se ve. Se toma a lo malo por lo malo y aquí se acaba la obra. Pasa que nos movemos sobre un suelo ajedrezado. ¿Qué es malo del todo? ¿Qué es absolutamente bueno? Lo uno juega con lo otro y se enreda de manera agridulce. El corazón es valiente y atrevido, pero no siempre racional. A veces, involuntariamente, ahogamos nuestra capacidad de observación y nuestro pensamiento crítico embriagados por el fulgor de las emociones más bellas. No debemos caer en eso. No pueden nublar nuestro juicio. Está bien escuchar al corazón, sí. Pero definitivamente no tenemos que basar nuestras obras solo en lo que él nos dicte. En esta vida, el dejarse afectar por las circunstancias que nos acontecen no es una opción útil. Solo si uno quiere seguir el resto de sus días como un ciego se negará a ver la cruda realidad de las formas abstractas. La realidad es, que el mal desea cabalgar a sus anchas a lomos de la cordura. Mantengamos nuestros ojos y oídos bien abiertos. No se lo permitamos. Nuestro deber, una vez más y a este respecto, es el que es y ha sido siempre: Ser la Luz. Todas las sombras caen por su propio peso. Nada escapa al poder de quien no tiene miedo a la noche más larga. El amor siempre es más fuerte que la muerte.

H.·. Edgar Burgos

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