• H.·. Edgar Burgos

Tras el solsticio de invierno



Si echamos la vista atrás, ya habiendo celebrado como bien se merece el solsticio de invierno, nos damos cuenta de que hemos puesto fin a una etapa para dar comienzo a otra nueva, que aunque algo tiene que ver, presenta notables diferencias con respecto a la que la precede en varios aspectos. Perdemos cada vez más ese ancestral miedo al frío de la noche y la inseguridad de las sombras y es que las horas de luz van a seguir aumentando. Esto será así hasta el solsticio de verano. O así lleva siendo desde el origen de los tiempos que conocemos.


Este hecho, lógicamente, supone la venida consecutiva de días más largos, por lo tanto una clara llamada a la dedicación y al trabajo, tanto profano como masónico.


Posamos nuestros ojos en esos rayos áureos que aunque aún son débiles, cada vez se van filtrando por más tiempo entre las cortinas de las casas, haciendo de nuestro hogar un lugar un poco más diáfano y acogedor con el transcurrir de los días.


Si nos fijamos en la naturaleza que nos rodea, observamos como la tarea de algunos pajarillos como el simpático raitán se alarga hoy un poco más que ayer y varias son las plantas como el Jazmín o alguna variedad del rosal las que florecen también en latencia del invierno.


Si recordamos a aquel gallo que tras la noche anuncia el comienzo del nuevo día, indicándonos con su cacareo la vuelta al trabajo, podemos interpretar unos hechos de manera muy positiva.


“La luz siempre prevalece porque la oscuridad es finita”. Sea esta una afirmación más cierta o menos, por lo que sabemos, el sol no parece que vaya a apagarse mañana, así que apoyándonos en esta idea tan enérgica de luz, calidez, y construcción permanente, logramos en definitiva trabajar con una voluntad de superación mucho más férrea.


Somos hijos del astro rey que aún impera en el sistema solar, por consiguiente, la luz y la vida son partes indivisibles bajo nuestro entendimiento humano. Hacemos ver por ello que la noche significaría el descanso, aunque simbólico. Pues la condición de masón es de veinticuatro horas entre la escuadra y el compás.


Así que como bien decía aquella frase “todo depende del color del cristal…” y sin duda alguna, el hecho de mirar a través de un prisma de luz y positividad siempre ayudará a reforzar la solidez de nuestras convicciones y trabajos al progreso de la humanidad.


Finalmente, parece que por mucho frío que aún tenga que venir, los francmasones al menos, si estaremos debidamente preparados y dispuestos para combatirlo con nuestro trabajo diario, calidez humana y fraternidad incondicional.


H.·. Edgar Burgos


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